Un gemido involuntario de dolor escapó cuando sus dedos me apretaron, él pareció recordar lo que Elizabeth le había dicho al teléfono y aflojó el agarre, pero mantuvo el brazo a mi alrededor.
Esa pequeña punzada de dolor no fue nada comparada con la desesperación que sentí cuando escuché su voz siendo dirigida a mi madre.
—Necesito hablar con usted. —dijo, con su firmeza natural. Incluso sentí que los ojos de mi madre analizaban demasiado el brazo de Ares sujetándome y, por más incoherente que