El día de la sentencia había llegado. La prensa abarrotaba las afueras del tribunal, cámaras y micrófonos intentando captar cada detalle. La noticia de la caída de Miguel se había convertido en un escándalo nacional.
Los pasillos estaban llenos de murmullos, flashes y periodistas gritando preguntas. El apellido de Miguel, antes símbolo de poder y arrogancia, ahora era sinónimo de corrupción y traición.
Dentro de la sala, Don Darío entró con paso firme acompañado de Farid y su equipo. Vestía impecable, pero su expresión era de hierro. A su lado, Korina llevaba un aire sereno pero determinado, consciente de lo que ese día significaba.
Miguel apareció escoltado por guardias, esposado y con el rostro endurecido. Sus ojos buscaban a Don Darío con odio, pero también con una chispa de desesperación.
Los jueces comenzaron a leer los cargos: Fraudes financieros, extorsión, chantaje y complicidad en la muerte de la madre de Darío. Cada palabra era un golpe que caía sobre la sala, dejando a los a