La noche había caído sobre la mansión, y el silencio del jardín solo era interrumpido por el leve crujido de los pasos sobre la madera de la terraza. Darío condujo a Korina hasta su habitación, pero antes de entrar, la tomó por la cintura y la atrajo hacia él.
— Hoy… — Dijo con voz baja y firme, mientras sus ojos recorrían cada gesto suyo — Hoy demostraste algo que muchos no creían posible, te felicito mi amor, de verdad admiro como haz crecido y madurado —
Korina, apoyada en su pecho, sonrió con timidez, pero con determinación — Solo hice lo que debía… — Susurró — No podía dejar que nadie pensara que podían dañarnos, ya no más Darío y si estoy a tu lado es por mi elección —
Darío acarició suavemente su cabello, bajando un beso sobre su frente, luego sobre sus labios.
— No solo me protegiste a mí, Korina… también a Lían, a nuestra familia. Hoy todo el mundo vio quién eres realmente, debo decir que admiro esa determinación, se que siempre piensas todo, pero cuando tomas una decisión la