El silencio de la habitación no era paz, era una sorda amenaza. El Príncipe del mal y Jaik muy en el fondo... mantenían su mano sobre el vientre de Liyeth, y ella podía sentir cómo la energía de él —esa vibración fría y magnética— se filtraba por las runas, estabilizando el caos que rugía en sus entrañas.
Liyeth cerró los ojos, atrapada en un torbellino de emociones contradictorias. Su esencia de ángel de raza pura se retorcía con un asco visceral. Cada fibra de su ser celestial gritaba por