Prisionera de una legión de demonios, arrastrada hasta el lugar más recóndito del infierno, apenas recordaba cómo respirar. El aire ardía como veneno vivo, intentando arrancarme cada aliento. El suelo latía, como una criatura gigantesca escondida bajo mis pies. No había esperanza. Solo sombras. Solo dolor.
Hasta que una voz… no, un murmullo… rozó mi mente como una brisa fresca sobre la piel quemada.
—Liyeth…
Me detuve. El corazón me retumbó en el pecho como si quisiera escapar.
—Esa voz… —susurré—. No puede ser… es de…
—Kimy…
Los demonios rieron, empujándome hacia una grieta que descendía a una cámara aún más oscura. Mis rodillas chocaron contra la roca ardiente, pero no sentí el dolor: algo peor me esperaba al frente.
La oscuridad se abrió… y lo vi.
Kimy. O lo que quedaba de él.
Encadenado a una columna de hueso negro, su cuerpo humano estaba en ruinas.
Y su rostro…
En lugar de sus ojos solo había dos cavidades vacías, profundas, negras y supurando oscuridad.
Y su b