Liyeth:
El Jardín del Edén no era paz.
Era contención.
Liyeth caminaba entre árboles imposibles cuyos frutos brillaban con luz propia. Cada hoja parecía observarla. El aire era perfecto… demasiado. No había viento sin propósito ni silencio sin intención.
Había sido salvada.
Pero no perdonada.
Sus alas estaban intactas, restauradas con una luz más profunda, más antigua. Sin embargo, cuando intentaba elevarse, algo invisible la retenía. No cadenas. Conciencia.
El cielo no le hablaba.
Y eso era peor que un castigo.
—Has sido preservada —dijo una voz etérea desde la distancia—, no restituida.
Liyeth no respondió. Ya lo sabía.
El Edén no era refugio.
Era antesala.
Entonces, el jardín cambió.
La luz se volvió más densa. Las sombras se alargaron en direcciones imposibles. El agua de los ríos se detuvo como si el tiempo contuviera la respiración.
Y Él estuvo allí.
No descendió.
No apareció.
Simplemente… siempre había estado.
Liyeth cayó de rodillas sin que nadie se lo ordenara. Su cuerpo reac