El hombre no se percató o pasó por alto las miradas desencajadas de ambas mujeres. El poder y la dominación que ejercía en el pequeño círculo no hacían más que acentuar la incomodidad, no dicha con palabras, pero sí con gestos. Incluso su voz grave daba a entender que no aceptaría cuestionamientos ni contradicciones.
—¿De verdad? ¿Tendremos casa nueva? —preguntó Killian, con los ojos iluminados.
—Sí. ¿Te gustaría?
—¡Claro que sí! ¿Qué dices, Kelly? —preguntó Killian, mirando a su hermana, que n