LVI C

El hombre no se percató o pasó por alto las miradas desencajadas de ambas mujeres. El poder y la dominación que ejercía en el pequeño círculo no hacían más que acentuar la incomodidad, no dicha con palabras, pero sí con gestos. Incluso su voz grave daba a entender que no aceptaría cuestionamientos ni contradicciones.

—¿De verdad? ¿Tendremos casa nueva? —preguntó Killian, con los ojos iluminados.

—Sí. ¿Te gustaría?

—¡Claro que sí! ¿Qué dices, Kelly? —preguntó Killian, mirando a su hermana, que no apartaba la vista del hombre que sonreía sutilmente con satisfacción.

Ella se quedó mirando a Valentino con ojos airados. Lamentaba profundamente no poder darle unos puñetazos, como deseaba hacerlo.

Tampoco podía levantar la voz y ponerse a discutir delante del menor. No iba a quedar como la amargada de la historia, pero la rabia la recorría sin tregua.

Aunque estuviera acostumbrado a decir a los demás qué debían hacer, no iba a permitir que pasara por encima de ella como si fuera el cacique d
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