El hombre no se percató o pasó por alto las miradas desencajadas de ambas mujeres. El poder y la dominación que ejercía en el pequeño círculo no hacían más que acentuar la incomodidad, no dicha con palabras, pero sí con gestos. Incluso su voz grave daba a entender que no aceptaría cuestionamientos ni contradicciones.
—¿De verdad? ¿Tendremos casa nueva? —preguntó Killian, con los ojos iluminados.
—Sí. ¿Te gustaría?
—¡Claro que sí! ¿Qué dices, Kelly? —preguntó Killian, mirando a su hermana, que no apartaba la vista del hombre que sonreía sutilmente con satisfacción.
Ella se quedó mirando a Valentino con ojos airados. Lamentaba profundamente no poder darle unos puñetazos, como deseaba hacerlo.
Tampoco podía levantar la voz y ponerse a discutir delante del menor. No iba a quedar como la amargada de la historia, pero la rabia la recorría sin tregua.
Aunque estuviera acostumbrado a decir a los demás qué debían hacer, no iba a permitir que pasara por encima de ella como si fuera el cacique d