Llegó a la habitación de su hermano con pasos lentos y el corazón apesadumbrado. Mientras más despacio llegara, más acomodaba sus palabras de una forma sencilla.
Pensaba en la mejor manera de comunicarle la noticia sin explicarle el porqué de la decisión que había tomado. No era algo que necesitara saber. Tampoco era algo fácil de decir.
Jamás se imaginó que un día así llegaría a sus vidas. Siempre pensó que, a pesar de las dificultades, se veía saliendo del lodazal, aunque terminase casi muerta de sueño o de hambre. No obstante, su hilo de racha se había terminado, y se determinó por un atajo para seguir conservando los pilares tambaleantes de lo que le quedaba de su familia. Por supuesto que no estaba orgullosa. No estaba contenta. No era una recién convertida novia rebozando de gozo.
Se pasó las manos por la cara para sacar la pesadez con la que cargaba. Largó un eterno suspiro. Respiró hondo y abrió la puerta.
—¡Kelly! Has vuelto.
—Así es, enano. Jamás te dejaría solo por mucho ti