Luego de liberarla de su abrazo fogoso, notó en sus ojos la indignación de su rostro, lo que solo resultó en una sonrisa de satisfacción para él.
No se cansaría de dejar su marca en ella, ya fuera en la intimidad o delante de todo un público. No podría esconderse por más que lo intentara. Era suya.
Aunque no le había dado todos los detalles, tendría que acostumbrarse a su presencia ardiente todo el tiempo que estuviera con él, así fueran días, semanas o meses. No iba a permitir que su propósito se fuera a tierra por miramientos de ella.
No podía esperar a que llegara la noche para poseerla y, si pudiera, traería a un cura para que los casara de una vez.
Pero hasta él sabía que tendría que contenerse por el momento para resolver el asunto que urgía allí.
—¡Me ha sorprendido, señor De Lucca! Lamento esta interrupción. Eh... no creí que estuviera… ocupado de este modo —expresó el médico, tan avergonzado y sonrojado como Kelly, que quería desaparecer de la vista de todos los que la obser