Mundo ficciónIniciar sesiónSara Jenkins sonreía por dentro mientras avanzaba por la ciudad con el rostro sereno y los hombros erguidos.
Nadie, absolutamente nadie, podía imaginar la satisfacción que le recorría la sangre.
Había logrado apartar a esa mujer de la vida de Caleb sin que él sospechara siquiera que la verdadera madre de sus hijas seguía respirando en algún rincón del mundo. Para él, la historia estaba cerrada. Para ella, apenas comenzaba.
—Al fin —murmuró para sí, observando su reflejo en el vidrio de un edificio—. Ahora todo vuelve a estar en su lugar.
Pero la calma duró poco. Sara conocía la verdad que la acechaba como una sombra: necesitaba un embarazo real, y lo necesitaba con urgencia.
El tiempo no jugaba a su favor. La muestra genética de Caleb, la única que existía, había sido utilizada por completo en aquella inseminación equivocada.
Después de su diagnóstico y de la esterilización forzada por el cáncer testicular, no quedaba nada más en los laboratorios.
Nada que pudiera darle a ella las gemelas que había prometido.
—Maldita sea… —susurró, apretando los dedos—. Dos niñas. Tienen que ser dos.
Durante días pensó, calculó, descartó opciones. Hasta que recordó un detalle mínimo, casi invisible para cualquiera, pero crucial para ella.
El jardinero. John Smith. Siempre puntual, siempre discreto, siempre observándola de reojo cuando coincidían en la mansión Evans.
Lo citó con una excusa banal. Él llegó nervioso, con las manos ásperas y la mirada baja.
—Señora Jenkins… ¿ocurre algo? —preguntó.
Sara cerró la puerta con cuidado y se apoyó en ella, cruzando los brazos.
—Sí, John. Ocurre que necesito tu ayuda —dijo, midiendo cada palabra—. Y tú necesitas dinero.
Él tragó saliva, desconcertado.
—No entiendo…
—Claro que entiendes —lo interrumpió—. Eres un hombre sano. Yo necesito algo que solo tú puedes darme. Nadie tiene que saberlo.
El silencio se volvió espeso. John dudó, miró al suelo, luego a ella.
—¿Está hablando en serio?
Sara sonrió, de modo lento y peligroso.
—Más de lo que imaginas.
Días después, entró a una clínica privada, una de esas que no hacían preguntas cuando el dinero hablaba primero.
Todo estaba listo. Papeles falsos, nombres distintos, un procedimiento rápido y silencioso. Nadie mencionó a Caleb Evans. Nadie lo relacionó con nada.
Al salir, Sara se detuvo un instante, apoyó una mano sobre su vientre aún plano y marcó un número en su teléfono.
—Todo está en marcha —dijo con voz tranquila—. Ahora dime… ¿cuánto tiempo crees que tarde en darle a Caleb exactamente las hijas que él cree que ya llevo en mi vientre?
Del otro lado de la línea respondió una voz conocida, firme y calculadora, la única que podía entender la magnitud del riesgo que Sara estaba asumiendo.
—En una semana y media deberías empezar a sentir los efectos de la implantación —dijo la doctora Emilia Jenkins—. Náuseas, cansancio, cambios hormonales. Regresa a la clínica y yo misma me encargaré de revisarte.
Sara apoyó la espalda contra el asiento del auto y cerró los ojos.
—No puede fallar, Emilia. No ahora.
—No fallará —respondió su hermana—. Yo estaré allí. Me aseguraré de que todo esté exactamente como lo necesitas.
—Más te vale —murmuró Sara antes de cortar la llamada—. De esto depende todo.
Los días siguientes se arrastraron con una lentitud insoportable. Cada mañana Sara se examinaba frente al espejo buscando señales, cualquier indicio que confirmara que su cuerpo estaba haciendo lo que debía. El miedo la acompañaba incluso cuando sonreía frente a Caleb, cuando aceptaba regalos o fingía ternura. Por las noches apenas dormía, contando las horas, imaginando escenarios, repitiéndose que no podía fallar.
—Tiene que ser perfecto —se decía en voz baja—. Tiene que serlo.
Cuando por fin llegó el día, entró a la clínica con el corazón golpeándole las costillas. Emilia ya la esperaba, impecable en su bata blanca, con una serenidad que contrastaba con la ansiedad de su hermana.
—Ven —le indicó—. No hagamos esto más largo.
La habitación estaba en penumbra. El sonido del equipo médico llenó el silencio mientras Emilia realizaba la ecografía con atención extrema. Sara observaba el techo, incapaz de respirar con normalidad.
—¿Y bien? —preguntó al fin, con la voz quebrada—. Dime algo.
Emilia frunció apenas el ceño, concentrada en la pantalla.
—Estás embarazada —confirmó—. El procedimiento funcionó.
Sara dejó escapar un suspiro entrecortado.
—¿Las ves? ¿Están las dos?
El silencio duró demasiado. Emilia retiró el transductor con cuidado y se giró hacia ella.
—Solo uno de los óvulos se implantó —dijo con calma clínica—. Hay un solo saco gestacional.
—No… —Sara se incorporó de golpe—. Eso no puede ser. Tenían que ser gemelas, Emilia. Caleb quiere dos. Necesita dos.
—Baja la voz —la reprendió su hermana—. Esto pasa más seguido de lo que crees.
—¿Y ahora qué hago? —exigió Sara, llevándose una mano al vientre—. ¿Qué le digo? ¿Cómo explico que no sean gemelas?
Emilia la observó durante unos segundos, evaluándola.
—Del otro feto se puede inventar cualquier cosa —respondió—. Un aborto temprano, una reabsorción natural. Médicamente es creíble.
Sara respiraba rápido, los nervios le vibraban en la piel.
—Pero él lo va a notar. Él lo controla todo.
—No si hacemos esto bien —replicó Emilia con voz segura—. Por ahora, esto es lo único que hay. Y es suficiente… si juegas tus cartas con inteligencia.
Sara apretó los labios, mirando de nuevo la pantalla apagada.
—Entonces dime, hermana —susurró al fin—, ¿cómo hago para que un solo latido convenza al hombre más poderoso de que está esperando dos?







