El hombre la hizo girar con brusquedad.
Macarena levantó la vista y lo reconoció de inmediato.
—¡Jeremías!
El aliento de él la golpeó de inmediato. Aquel olor a alcohol fuerte era reciente. Sus ojos estaban enrojecidos, encendidos por algo que no era solo rabia.
—¡Suéltame! —exigió ella.
—No —dijo—. No te voy a soltar.
Macarena intentó zafarse de su agarre, pero él la sujetó con más fuerza.
—Déjame ir —insistió—. Estás borracho.
—No me voy a ir a ningún lado sin ti. Te recuerdo que eres mi esp