Apenas Jeremías leyó aquel mensaje, sintió que su corazón latía con fuerza, indetenible.
—Excelente trabajo Olsen. Envíame la ubicación ahora mismo.
—En seguida se la envió… pero, hay algo más que creo debería saber.
—¿Qué ocurre? —preguntó con voz grave.
—La señorita Hernández, no vino sola.
—¿Cómo?
—Como lo oye. Estaba con un hombre y a mi parecer no se trata de un simple amigo. Acabo de enviarle a su correo las imágenes que tomé para que sea usted quien se forme su propia opinión.
—Es