Al llegar al último piso, el ascensor se detuvo. La puerta se abrió de golpe. Ambos se vieron obligados a separarse por un instante.
—Ops… —murmuró ella, intentando recomponerse—. Creo que hemos llegado.
—Sí, eso creo —respondió él, frotándose el cabello aún perturbado.
—Vamos —dijo ella en tono cómplice.
Salieron sonriendo, tomados de la mano, con una complicidad que parecía envolverlos por completo. Caminaron por el pasillo entre risas. Al llegar a la suite, Jeremías pasó la tarjeta y empu