El sonido agudo del timbre en la puerta principal, obligó a Jeremías a apartarse de ella.
—Debe ser nuestro desayuno. —murmuró apenas.
Se inclinó y tomó la toalla del piso. Con manos temblorosas logró anudarla nuevamente a su cadera y salió de la habitación, mientras Macarena aún con los ojos cerrados, en espera de aquel beso, se apoyaba en la pared, suspirando con pesar.
Jeremías colocó su mano encima de su zona viril tratando de ocultar esa repentina erección que le provocó el estar cerca