—Dime Macarena, piensas seguir con el plan ¿Sí o no? —insistió Jeremías.
—Yo, yo —titubeó la morena.— Tengo que hacerlo, ya me dio dinero ¿no?
Jeremías apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron. Levantó la vista y vio el momento en que su sobrino entraba al mismo hotel donde él se hospedaba, acompañado de su prometida y en compañía de los padres de la rubia. Aquella imagen le generaba impotencia y frustración.
“¡Eres una tonta, Macarena!” pensó.
—No te preocupes por el