Charles Schmidt
Miraba a todos lados, inquieto, con las manos apretadas en los bolsillos. El pasillo del hospital parecía interminable; los segundos eran cuchillos clavándose en mi piel. No podía con la espera. Sentía un sudor frío en la frente, como si la incertidumbre estuviera consumiéndome.
De pronto, la puerta de la sala se abrió y el médico salió. Mi corazón dio un salto.
—Doctor… —me apresuré a acercarme, casi sin respirar. Mi padre caminó a mi lado con el rostro serio. Me armé de valor