Rebeca Miller
Estoy sentada al lado de mi madre; ella sostiene mi mano con fuerza, como intentando transmitirme un poco de calma, pero en mi interior siento que me estoy desmoronando.
—No debí dejarlos solos, mamá… —murmuré con la voz entrecortada—. No debí dejar que se los llevara… seguro se descuidó por estar pendiente… sabrá Dios de qué.
Mi madre acarició mi mano suavemente, tratando de tranquilizarme. Yo mantenía la vista fija en el suelo, luchando contra el nudo en la garganta. En ese momento, la puerta se abrió y apareció Amelia. Entró con ese porte de falsa elegancia y la arrogancia que siempre la acompaña.
—Charles, mi amor —dijo con voz dulce y descarada.
Me quedé inmóvil. Sentí como si me hubieran clavado un puñal en el pecho. ¿Cómo se atrevía a venir aquí, en medio de todo lo que estaba pasando, a restregarme su felicidad? Apreté con fuerza la mano de mi madre para no perder el control.
En ese mismo instante, la figura imponente de don Augusto apareció en la puerta. Su rost