El sol aún no había salido por completo cuando me desperté. Había un silencio sereno en la cabaña, solo interrumpido por la respiración pausada de mis hijos que dormían profundamente junto a mí. Me levanté con cuidado, procurando no despertarlos. Caminé descalza por el suelo de madera crujiente y llegué hasta la cocina, guiada por un olor familiar.
Café recién hecho.
—Buenos días, Carmen —susurré con una sonrisa, frotándome los brazos por el aire fresco de la mañana.
Ella, de espaldas a mí, se