Caminé bajo el sol de la mañana con un manojo de hojas de vida apretadas contra mi pecho. El calor comenzaba a calar en la piel, pero no me importaba. Mis pasos eran torpes, nerviosos, como si no supieran a dónde pertenecían. Había algo profundamente humillante en ese recorrido… como si por cada puerta a la que llamaba, dejara un trocito más de mi dignidad al recibir la misma respuesta:
—Lo sentimos… pero no cumple con el perfil.
Una vez, dos veces, tres… Perdí la cuenta. Algunos eran amables.