No lo quiero creer.
Trago horrible. El sabor metálico de la rabia sube por mi garganta.
—Así que... ¿Mamá se casa? —repito, esta vez con un tono más grave, más contenido. Mis palabras van dirigidas a Rebeca, pero mi mirada también se clava en ese anillo como si pudiera borrarlo con la fuerza de mis pensamientos.
Julián, rápido para aprovechar el momento, toma la mano de Rebeca con una confianza que me resulta detestable.
—Así es —dice, mirándome directo, con una sonrisita triunfal—. Y estamos f