Mientras Adrien golpeaba la piñata con torpeza y risas, escuché el inconfundible chasquido de los obturadores. Volví la mirada con el ceño fruncido: al menos tres reporteros estaban tomando fotos desde más allá del seto, uno incluso con una cámara de lente largo. Sentí cómo mi mandíbula se tensaba.
Busqué con la mirada a Amelia. Estaba unos pasos más allá, grabando con su celular como si nada. Caminé hacia ella con paso firme.
—¿Qué hacen ellos aquí? —le solté en voz baja, con el tono justo ent