- Charles Schmidt
Después de cantar el cumpleaños, los invitados estallaron en aplausos y risas. Adrien aplaudía con fuerza, su pequeña carita iluminada por la emoción. Las serpentinas seguían flotando en el aire; algunas todavía colgaban de las palmas cercanas a la piscina. Todo parecía sacado de una postal perfecta. O al menos eso quería a Amelia.
Pero yo sabía que esa perfección no era más que una fachada.
Entonces, los reporteros —como buitres al olor de la carroña— comenzaron a acercarse.