Un nudo se formó en mi pecho. ¿Podrías verlos? ¿Rebeca me dejaría?
No lo sé. Pero tengo que intentarlo. Después de todo esto… después de la fiesta… iré. Iré a buscarlos.
Salí de la ducha con la toalla atada a la cintura. Tomé otra y comencé a secarme el cabello mientras caminaba hacia la habitación.
Entonces la vi.
Amelia.
Estaba allí, parada junto a la ventana, observándome con ese aire de falsa serenidad que me resulta cada vez más molesto.
— ¿Qué haces aquí? —pregunté con evidente fastidio,