Se acercó a la mesa y, sin pedir permiso, se sentó frente a mí. Me estudió como si yo fuera una pieza clave en su ajedrez.
—Estás hermosa —dijo con tono bajo.
Levanté la taza de té, lo miré por encima del borde y sonreí con sutileza.
—Gracias, Julián. Pero vamos, no estás aquí para halagarme. Ve al grano de una vez. ¿Cuál es tu propuesta?
Él apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó las manos y me miró directo a los ojos. Sabía que lo que venía no me iba a gustar. Sentí la tensión antes de que h