Charles Schmidt
Estoy en el hospital desde hace horas. Amelia duerme en el sillón junto a la ventana y mi hijo está tendido en la camilla, conectado a máquinas que emiten pitidos suaves. La enfermera dijo que ya está fuera de peligro, pero no me he movido de su lado. Su manita pequeña apenas se aferra a la mía, como si supiera que me estoy castigando en silencio.
No pude llevármelo a casa. Los médicos prefirieron que se quedara en observación. Me ofrecieron una habitación contigua, pero me negu