Rebeca Miller
Lo miré.
Lo miré con ese mismo miedo que tanto me costaba aceptar. El miedo que nacía de lo que alguna vez sentí por él. De lo que aún me removía por dentro a pesar de todo.
—¿Trajiste a los niños? —preguntó Charles, su voz baja, pero cargada de sospecha.
Tragué saliva. Sentí cómo el corazón me latía con fuerza en el pecho, como si advirtiera lo que estaba por venir.
—No… no los traje. —Solo vine por don Augusto —respondí finalmente, con un hilo de voz.
El silencio que siguió fue