Rebeca Miller
Todavía estaba en la oficina, rodeada de carpetas abiertas y contratos que apenas podía comprender. Mis ojos repasaban una y otra vez los mismos párrafos sin realmente leerlos. Todo parecía estancado.
Y solo me quedaba esperar.
Esperar a que ese bastardo aparezca y se digne a ayudarme…
O termino de aplastarme.
De pronto, el timbre de mi celular rompió el silencio. Era un número desconocido. Fruncí el ceño y contesté con voz neutra:
—¿Ahí?
—Hola, hija… soy yo, Augusto.
Sentí un nud