Amelia
El viento que levantaban las hélices de la avioneta me golpeaba el rostro, desordenando mi cabello perfectamente peinado, pero no me importaba. Estaba de pie sobre la pista de tierra seca, con los tacones hundiéndose ligeramente en el polvo, sintiendo una vibración eléctrica que no tenía nada que ver con el ruido del motor. Era triunfo. Era la adrenalina pura de saber que, por fin, después de tantos errores y humillaciones, estaba a punto de recuperar lo que era mío.
Mis manos temblaban, no de miedo, sino de una impaciencia voraz. Alisé mi vestido con un movimiento nervioso, queriendo lucir impecable para él. Mi hijo. Mi creación.
La puerta de la avioneta se abrió con un chirrido metálico. Primero bajó el guardia, ese hombre bruto y eficiente que Rick me había prestado. Su rostro estaba tenso, sudoroso. Pero yo lo ignoré. Mis ojos buscaban la silueta pequeña detrás de él.
Y entonces, apareció.
Andrés bajó los escalones metálicos con pasos vacilantes. Se veía pálido, con la ropa