Amelia daba vueltas inquieta por su apartamento, el eco de sus tacones resonando en el parquet con cada paso impaciente. Sostenía una copa de vino tinto con la mano temblorosa, los dedos apretando el cristal con tal fuerza que parecía querer romperlo. La estancia estaba en penumbra, iluminada solo por la luz cálida que se filtraba desde la cocina. El sabor amargo del vino le quemaba la garganta, pero no tanto como el resentimiento que le invadía el pecho.
“No puedo creerlo… —pensaba una y otra