Isabella
El sol entra tímidamente por la ventana de la cocina, pero no logra iluminar el clima pesado que se respira. Estoy moviendo los platos con cuidado, intentando no cometer ningún error, pero siento que cada gesto mío es observado. Leila se mueve a mi lado, silenciosa, rápida, eficiente… perfecta. Y yo, a pesar de mis esfuerzos, siento que soy torpe y lenta, que cada paso que doy es un recordatorio de lo insuficiente que soy para Ryan.
—Isabella, pasa la esponja por la parte de atrás de la estufa —dice Leila con voz tranquila, pero hay un filo en sus palabras que me hace estremecer.
—Sí, claro —respondo, tratando de no dejar que se note que me estoy sintiendo atacada.
Mientras froto, escucho los pasos de Ryan acercándose. Su entrada siempre se siente como un peso sobre mis hombros, y hoy parece más irritado de lo normal.
—¿Qué pasa? —pregunta, cruzando los brazos y frunciendo el ceño al ver los platos todavía en el fregadero—. Isabella, ¿otra vez estás demorando más de lo neces