Evans
Amber no debería estar aquí.
Eso es lo primero que pienso cuando la veo sentada en la cocina, con una taza de café entre las manos, las piernas cruzadas y esa sonrisa que no termina de llegarle a los ojos. La casa está demasiado tranquila para lo que se avecina. Isabella está arriba, en la habitación, y Ryan no está. Esa combinación rara vez es buena.
—Isabella me dijo que estabas ocupado —dice ella, como si se justificara—. Pero insistí. Pensé que… bueno, que sería mejor hablar contigo directamente.
No le ofrezco asiento. No por mala educación, sino porque algo en su tono me pone en guardia. Aprendí hace años que cuando alguien dice “es mejor hablar directamente”, casi nunca lo es.
—¿Hablar de qué? —pregunto, apoyándome en la encimera, cruzándome de brazos.
Amber se toma su tiempo. Sopla el café, bebe un sorbo pequeño, exageradamente cuidadoso. Observa la cocina como si fuera un escenario que ya conoce de memoria.
—De Isabella.
Ahí está.
No cambio la expresión. No le doy el gu