Isabella
El olor a café recién hecho se mezcla con el aroma a madera y limpieza que deja Leila a su paso. Me detengo en la cocina, observando cómo mueve cada cosa con precisión. Sus gestos son rápidos y decididos, como si llevara años en esta casa, y no apenas unas semanas.
—Isabella, ¿quieres que te muestre cómo se limpia el horno sin dejar rastros de grasa? —pregunta, su voz ligera, casi inocente.
Respiro hondo. No quiero parecer débil, pero algo en su mirada me incomoda. Esa mezcla de seguridad y conocimiento me obliga a sentirme pequeña.
—No hace falta —respondo, mientras mis manos tiemblan un poco—. Puedo hacerlo sola.
Ella arquea una ceja, y su sonrisa es apenas perceptible, pero lo suficiente para que sienta que me está evaluando.
—Como quieras. Solo recuerda que Ryan no tolera los descuidos —dice antes de irse hacia la despensa.
Cierro los ojos un segundo, conteniendo la frustración. Cada día se vuelve más difícil. No es solo la competencia silenciosa con Leila, sino también