Evans
La luz de la mañana entra por la ventana, proyectando sombras largas sobre la habitación donde Isabella aún duerme, cubierta con la sábana blanca. La miro por un instante y siento ese impulso de acercarme, de tocarla, de decirle que todo estará bien. Pero sé que no puedo permitirme distracciones. Cada minuto cuenta. La boda de Ryan está a solo diez días y él ya se mueve como un depredador planeando su próxima jugada.
Isabella se revuelve ligeramente, murmurando algo ininteligible, y me recuerda por qué estamos aquí. No para complacernos, ni para sucumbir a nuestros deseos —aunque sean intensos y difíciles de ignorar—, sino porque debemos actuar antes de que sea demasiado tarde.
—Isa —murmuro suavemente, inclinándome sobre la cama—. Despierta. Necesitamos hablar.
Abre los ojos lentamente, con esa mezcla de sueño y desconfianza que siempre me desconcierta. Aun así, sus pupilas reflejan la claridad que necesita para entender la situación, y sé que es consciente de que algo grave e