Ryan
El silencio de la casa ya no me resulta cómodo.
Antes era obediente, predecible. Ahora tiene grietas. Pequeñas, casi invisibles, pero yo las noto. Siempre las noto. La gente cree que el peligro está en los gritos, en los golpes, en la furia abierta. Se equivocan. El verdadero peligro está cuando todo parece normal… y deja de serlo.
Isabella ya no me mira igual.
No es algo evidente. Sigue bajando la cabeza cuando le hablo. Sigue diciendo sí con esa voz dócil que aprendió a usar conmigo. Sigue limpiando, cocinando, ocupando el espacio que le corresponde. Pero hay algo en su forma de moverse que me incomoda.
Ya no tiembla igual.
Y eso no es bueno.
Entro a la casa más temprano de lo habitual. No aviso. No hago ruido. Me quito el abrigo despacio, dejo las llaves donde siempre, observo. Isabella está en la cocina. Tiene las manos hundidas en el agua, lavando platos. El delantal le queda grande. Siempre le queda grande.
—Llegas temprano —dice sin mirarme.
No es una preg