Evans
El sol apenas iluminaba la ciudad cuando llegué a la oficina. La quietud de la mañana me daba ventaja; mientras los demás llegaban con café en mano y miradas somnolientas, yo ya tenía todo listo. Cada archivo, cada informe, cada detalle revisado durante la noche estaba organizado, dispuesto para iniciar la maniobra que pondría a prueba a Ryan.
No podía permitirme errores. La seguridad de Isabella dependía de que mi sobrino cayera en sus propias trampas sin darse cuenta de que alguien lo estaba observando. Cada decisión, cada movimiento debía calcularse con precisión militar.
Al abrir la puerta del despacho, lo encontré ya sentado en su oficina, con el ceño fruncido y una taza de café entre las manos. Su rostro mostraba signos de tensión y, aunque todavía intentaba mantener la arrogancia de siempre, podía notar el cansancio que la reciente pelea conmigo le había dejado.
—Buenos días, tío —dijo, con un hilo de voz que intentaba sonar confiado.
—Buenos días —respondí, con la calma