Evans
Preparé una reunión ficticia con los jefes de departamento, con la excusa de revisar las inversiones recientes. Cada documento que distribuí contenía ligeras irregularidades, diseñadas para que él reaccionara. Necesitaba ver cómo manejaría la presión, si actuaría con astucia o con impulsividad.
Cuando llegó, lo encontré con la camisa arrugada, el cabello desordenado y esa sonrisa forzada que ya conocía tan bien. Me hizo un gesto nervioso y trató de disimular la tensión en sus manos. Lo observé en silencio, dejando que la expectativa lo consumiera antes de hablar.
—Buenos días, tío —dijo, intentando sonar casual.
—Buenos días —respondí, con la calma que necesitaba para mantener la ilusión de neutralidad—. Espero que hayas dormido bien.
Su ceño se frunció apenas, y tomé nota de ese pequeño tic. Cada gesto contaba.
—Sí… bien —balbuceó, evitando mirarme directamente.
—Perfecto —dije, inclinándome ligeramente sobre mi escritorio—. Vamos a revisar los informes de la semana pasada. Al