Evans
El despacho estaba en completo silencio, con la luz tenue del amanecer filtrándose entre las persianas. Las primeras horas de la mañana eran sagradas para mí: sin interrupciones, sin ruido, solo los números, las cuentas y mis pensamientos. Ryan seguía de viaje, y aunque debería sentir cierta tranquilidad, mi mente estaba lejos de eso. Había algo que no cuadraba.
Abrí la carpeta de balances del último trimestre y mis ojos se posaron sobre unas cifras que inmediatamente me hicieron fruncir el ceño. Transacciones sospechosas, movimientos pequeños pero constantes que desviaban dinero de manera sutil. Nada obvio, nada que Ryan no pudiera justificar con su retórica convincente, pero suficiente para encender todas las alarmas en mi cabeza.
—¿Qué estás tramando, Ryan? —murmuré para mí mismo.
No podía permitirme el lujo de actuar precipitadamente. Cada movimiento debía ser calculado, cada paso medido. Con un sorbo de café, me senté frente a mi computadora y comencé a cruzar datos: cuenta