Mundo ficciónIniciar sesiónPOV GAEL:
La pantalla del celular se burlaba de mí con su brillo mortecino, mostrando las palabras "Llamada finalizada". El silencio resonó en mis oídos, amplificando el zumbido de la frustración que me carcomía por dentro. Un gruñido gutural escapó de mi garganta, un sonido animal que reflejaba la bestia que luchaba por liberarse. Lancé el teléfono con furia ciega. El plástico golpeó la pared con un estallido seco, y los pedazos se esparcieron como metralla sobre el suelo frío. Cada fragmento era un recordatorio de mi impotencia, de la forma en que se me escapaba Vanessa entre los dedos. "¿Quién es ese desgraciado que está junto a mi esposa?" La pregunta martilleaba en mi cabeza, avivando las llamas de la ira y los celos. "¿Con qué audacia me llama perdedor y se atreve a tocar lo que es únicamente mío?" El orgullo herido me quemaba como ácido, dejándome un sabor amargo en la boca. Dora, atraída por el estruendo, abrió la puerta con cautela. Su rostro, bañado por la luz tenue del pasillo, reflejaba confusión y preocupación. Sus ojos miel se clavaron en mí, buscando respuestas que no estaba dispuesto a dar. —¿Qué pasa, cariño? —Su voz, suave y melosa, me irritó como una lija sobre la piel. Me alejé de ella, tratando de controlar la respiración agitada. Su tacto me repugnaba, me hacía sentir como un impostor, un traidor. El aroma dulce y empalagoso de su perfume me revolvió el estómago. —Nada, solo un pequeño asunto, no te preocupes y descansa —mentí, forzando una sonrisa que se sintió como una mueca grotesca. Le dejé un rápido beso en la frente, un gesto mecánico y vacío de significado. Salí de la habitación a grandes zancadas, buscando desesperadamente una válvula de escape para la tormenta que rugía en mi interior. Me dirigí a la administración del hospital, donde el aire olía a desinfectante y a café rancio. La recepcionista, una mujer de rostro cansado y modales apáticos, tecleaba con lentitud en su computadora. —¿Puede decirme dónde está Vanessa? —Pregunté con voz tensa, tratando de ocultar la impaciencia que me consumía. La mujer suspiró con fastidio y tecleó con más rapidez. Después de unos segundos que se sintieron como una eternidad, levantó la vista y me miró con indiferencia. —Fue trasladada al hospital Xingyuan en la ciudad M City —informó con voz monótona. La noticia me golpeó como un mazazo. M City... ¿Qué hacía Vanessa tan lejos? La paranoia comenzó a apoderarse de mí, tejiendo escenarios oscuros y amenazantes en mi mente. Así que estás intentando escapar, Vanessa. Pero yo no te permitiré hacerlo. No voy a dejar que te alejes de mí, no después de todo lo que hemos pasado. Pienso rápido en una excusa y subo a explicarle a Dora la situación. Bien me gustaría irme ahora mismo, pero de hacerlo ella se volverá loca y no dejará de llamarme todo el tiempo y ahora necesito concentrarme en Vanessa únicamente. Abro la puerta despacio y veo a Dora sentada en la cama susurrando unas cuantas palabras. Ella no ha notado mi presencia así que me quedo a escuchar. La curiosidad y la desconfianza me carcomían por dentro. —Esto no me agrada. Gael todavía no menciona nada de cómo quedaremos de ahora en más. Tampoco me ha propuesto irme a su casa cuando me den el alta... ¿Y de la nada le sale trabajo afuera? Esto se siente extraño. Necesito mínimo una respuesta que me asegure mi posición a su lado. Me doy la vuelta y me marcho sin darle ninguna explicación. El asco y la decepción me invadieron al escuchar sus palabras. Si esta mujer piensa que me va a usar a su antojo, está muy equivocada. POV VANESSA: Ya había regresado a mi rutina habitual dejando aquel desagradable momento en el pasado volviendo a ser lo de siempre, trabajo, casa y viceversa casi olvidando por completo lo sucedido en aquella noche desafortunada en la que me vi envuelta en una situación muy peligrosa. Agotada me desplazo por los pasillos del edificio hasta llegar a mi puerta después de otro día agotador lo único que deseaba era dormir un poco y recuperar fuerzas, rebusco en el bolso buscando las llaves cuando siento unos brazos abrazarme por la espalda y una voz bien reconocida al igual que un aroma peculiar me ponen tensa de inmediato. —Vanessa, no tienes idea de cuánto tiempo llevo buscándote. Mujer, ¿qué crees que estás haciendo ahora? Era Gael, mi exesposo, el descarado que después de todo lo que hizo todavía se negaba a darme el divorcio fingiendo ser una víctima del destino. En sus propias palabras, un simple error del momento que no supo cómo evitar. Culpándome a mí de abandono, de arrojarlo de alguna forma a los brazos de otra mujer que justamente era mi propia hermana. Sentía la sangre hervir al tenerlo tan cerca. Quité sus manos de mi cintura y lo aparté de un empujón. Ahora su cercanía me provocaba asco al imaginar que con esas mismas manos tocaba a Dora y que con esa misma boca la besaba a ella como ya no lo hacía conmigo. —¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cómo fue que me encontraste? —Pregunté con voz temblorosa, tratando de controlar mi furia. —Vanessa, ya deja este berrinche y vuelve a casa. Todos te extrañamos, yo te extraño y no quiero divorciarme de ti —suplicó con una mirada lastimera que ya no me conmovía. —¿Berrinche? ¿Cómo te da la cara para llamar berrinche a todo esto? —Escupí con desprecio. Podía sentir cómo perdía el poco control que tenía sobre mis emociones, tenía tantos deseos de romperle la cara. Pero me contuve lo mejor que pude, quería un divorcio limpio aunque comenzaba a entender que Gael no estaba dispuesto a colaborarme ni siquiera en esto. —Qué estás haciendo aquí, ahora tienes una mujer y un bebé esperando por ti. La familia que siempre deseaste, alguien que siempre te esperará en casa porque ella es incapaz de mantener un trabajo. Así que déjame en paz y firma de una vez los papeles de divorcio —exigí con voz firme, tratando de no ceder ante su manipulación. —¡FUE UN ERROR! ¿Tanto te puede costar entender eso? —Gritó con desesperación, tratando de justificar lo injustificable. —Los errores no existen, Gael. Las personas tienen la capacidad de entender lo que está bien y lo que está mal. Lo que puede hacer daño y lo que no, así que no me vengas con que fue un simple error del momento porque sabías perfectamente lo que hacías cuando te metiste en la cama con mi hermana y como si eso no fuera poco engendraste un hijo con ella —reproché con amargura, recordando cada detalle de su traición. La discusión escaló a alturas vertiginosas en cuestión de segundos, como un torbellino desatado que arrasaba con todo a su paso. Gael, con el rostro surcado por venas palpitantes y los ojos inyectados en sangre, alzó la voz hasta convertirla en un rugido salvaje, exhibiendo la bestia acorralada que se escondía tras su máscara de cordero. Cada palabra era un puñal afilado, dirigido con precisión quirúrgica a las zonas más vulnerables de mi ser. —Te recuerdo que tú también llevas en tu vientre la semilla de otro hombre. ¡Un bastardo! Porque ese engendro que esperas no es hijo de tu esposo, el hombre al que juraste fidelidad eterna ante el altar. ¡El hombre al que juraste amar hasta que la muerte los separara! —espetó con saña, escupiendo cada sílaba como si fuera veneno puro. Una carcajada histérica brotó de mis labios, una burla macabra que resonó en las paredes como el eco de una maldición. ¿Cómo se atrevía a juzgarme, a señalar la supuesta ilegitimidad de mi hijo, cuando él mismo era el artífice de una traición tan grotesca? Su hipocresía era un insulto a mi inteligencia, una bofetada a mi dignidad. —¡Iluso! Piensa lo que te plazca, déjate consumir por tus paranoias y tus delirios. De cualquier manera, lo nuestro está muerto y enterrado. ¡cesa con esta farsa! Sigue tu camino, arrástrate de vuelta al lecho que has mancillado, y déjame a mí rehacer mi vida en paz —exclamé con una teatralidad exacerbada, sintiendo cómo las emociones me desbordaban como un río desbocado. —¡Jamás! ¡No te permitiré escapar de mí! Sigues siendo mi esposa, Vanessa, y cumplirás los votos sagrados que pronunciaste ante Dios. ¡Hasta que la muerte nos separe! —vociferó con una vehemencia fanática, aferrándose a una fantasía desquiciada. Sus manos temblaban convulsivamente, como si estuviera poseído por un espíritu maligno. —¿Y qué hay de mi bebé? —¡Obviamente lo vas a abortar! ¡Lo vas a extirpar de tu cuerpo como si fuera un tumor maligno! Yo no pienso criar al hijo de un bastardo, al fruto de tu infidelidad. —aulló con una crueldad despiadada, revelando la profundidad de su odio y su resentimiento. —¿Y pretendes que yo sí críe a tu hijo? ¿Que acoja en mi seno al fruto de tu adulterio con mi propia hermana? ¿Que le dé mi amor y mi protección al vástago de tu traición? ¡Estás loco! —contraataqué con una ironía mordaz, sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta. —¡YA OLVIDA ESO! ¡Supera el pasado! Si no quieres abortar a tu hijo, no te obligaré. Pero mi hijo existe, es una realidad innegable, y no lo voy a dejar desamparado. ¡Puedo repudiar a Dora, puedo borrarla de mi memoria, pero jamás abandonaré a mi hijo! —afirmó con un egoísmo desmedido, priorizando sus propios intereses por encima de mi dolor y mi sufrimiento. —¡Algún día te arrepentirás de cada una de estas palabras que has pronunciado! ¡Te lo juro por lo más sagrado que existe! Llegará el día en que desearás haberte arrancado la lengua con tus propias manos, en que implorarás mi perdón de rodillas, pero será demasiado tarde. ¡Tu destino estará sellado! —advertí con una voz cargada de presagios funestos. —¡Vanessa! ¡Por favor, escúchame! ¡Dame una oportunidad para enmendar mis errores! —suplicó con desesperación, tratando de sujetar mis manos. —¡Lárgate de mi casa! ¡Sal de mi vida! Si no estás dispuesto a firmar los papeles de divorcio por las buenas, entonces nos veremos en el infierno, donde te aseguro que te haré pagar por cada lágrima que has derramado, por cada herida que has infligido —ordené con una frialdad glacial, señalando la puerta como si estuviera abriendo las puertas del abismo. —¡No me iré a ninguna parte sin ti! ¡Eres mía, Vanessa! ¡Me perteneces! Y no permitiré que ningún otro hombre te arrebate de mis brazos —gritó con una obstinación enfermiza. —Desde este mismo instante, te considero un fantasmal al que he desterrado de mi corazón. No tenemos nada más de qué hablar. ¡Vete! —sentencié con una crueldad implacable. —¡Claro! ¡Ahora entiendo todo! Estás con otro hombre, ¿verdad? ¿Quién era ese tipejo que me contestó el teléfono la otra noche? ¡Un don nadie, un advenedizo que se cree con derecho a tocar lo que es mío! —exclamó con celos rabiosos. Cansada de su patética actuación, abrí la puerta con una calma que ni yo misma podía creer. Antes de cerrarla en su cara, le dediqué una última frase, una daga envenenada que esperaba que le llegara al alma. —Quién sea ese hombre no es asunto tuyo. Pero te garantizo que posee una hombría que tú jamás podrás ni siquiera soñar. Ahora, lárgate de mi vista y no vuelvas a molestarme jamás —dije con desprecio, disfrutando de su frustración y su humillación. Cerré la puerta con un golpe seco, sintiendo cómo el cerrojo se convertía en una barrera infranqueable entre mi pasado y mi futuro. Me apoyé contra la madera, con el corazón latiendo con fuerza desbocada y las manos temblando incontrolablemente. Acaricié despacio mi vientre, sintiendo la presencia de mi hijo como un faro de esperanza en medio de la oscuridad. "Perdóname, mi amor. Te juro que esta es la última vez que tu madre se deja arrastrar por la ira y la desesperación. No permitiré que este monstruo te haga daño, ni a ti ni a mí. Te protegeré con mi vida, te lo prometo" —susurré con ternura, sintiendo cómo las lágrimas resbalaban por mis mejillas. Los minutos se arrastraron como siglos mientras Gael seguía golpeando la puerta con furia desatada, gritando mi nombre con una voz desgarrada y suplicando una oportunidad que jamás le concedería. Finalmente, agotada llamé al guardia de seguridad para que lo escoltara fuera del edificio. No entendía por qué se empeñaba tanto en querer arreglar lo que él mismo había destrozado con sus propias manos, por qué se aferraba a una relación que estaba podrida desde la raíz. Cansada de divagar en pensamientos tortuosos, me despojé de mi ropa y me sumergí en una larga ducha caliente, dejando que el agua arrastrara consigo el dolor, la rabia y el resentimiento. Al salir, me envolví en una toalla suave y me dirigí al dormitorio, donde la luz tenue de la lámpara de noche creaba un ambiente cálido y acogedor. Me acomodé en la cama, intentando conciliar el sueño, pero mi mente seguía dando vueltas sin cesar. De repente, el zumbido insistente de mi celular rompió el silencio de la habitación. Lo ignoré al principio, asumiendo que se trataba de Gael, empeñado en seguir atormentándome. Pero el aparato no dejaba de vibrar. Agotada y exasperada, lo tomé entre mis manos. "¡Ya te he dicho todo lo que tenía que decirte! ¡Déjame en paz, maldito seas!" —espeté con furia, sin siquiera mirar quién era el que llamaba. "Vaya, veo que nuestra pequeña doctora sí que tiene carácter. Entiendo que es tarde, pero no me imaginaba que fueras tan... apasionada" —respondió una voz grave y seductora que me hizo temblar de pies a cabeza. Observé la pantalla con incredulidad. El nombre de "Leonardo" brillaba con una luz inquietante. El universo parecía confabularse en mi contra, enviándome señales contradictorias y tentaciones peligrosas. Al escuchar esa voz tan varonil, tan llena de secretos, los recuerdos de esa noche volvieron a asaltarme con una intensidad abrumadora. Su cuerpo escultural, marcado por cicatrices de batallas pasadas, su mirada penetrante, capaz de leer mis pensamientos más ocultos, su aura de peligro y misterio que me atraía como una polilla a la llama. "¿Necesitas mi ayuda, Vanessa?" —Preguntó con una insinuación que me hizo perder el aliento. Este hombre era un abismo oscuro y tentador, Y, a pesar de todo el peligro que representaba, no podía evitar sentirme atraída hacia él como una fuerza irresistible.






