Mundo ficciónIniciar sesiónPOV VANESSA:
La oscuridad me engulló en un instante, tan repentino que no tuve tiempo de reaccionar. Una tela áspera y sucia me cubrió los ojos, bloqueando la luz y sumiéndome en un abismo de incertidumbre. Intenté mantener la calma, respirar profundo para evitar que el pánico me consumiera. Cada movimiento brusco podía ser interpretado como una amenaza, y no quería darles ninguna excusa para lastimarme. Perdí la noción del tiempo mientras me llevaban de un lado a otro, sintiendo cada sacudida del vehículo, cada giro brusco que me revolvía el estómago. Finalmente, el auto se detuvo con un chirrido de neumáticos que resonó en mis oídos. Me sacaron a rastras, sin ninguna delicadeza, y me arrastraron por un terreno irregular. El aire estaba cargado de un olor nauseabundo a metal oxidado y humedad estancada. Era un olor que se clavaba en la garganta y te hacía sentir escalofríos en la espina dorsal. Cuando me quitaron la venda, mis ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra. Estaba en una fábrica abandonada, un esqueleto de hormigón y acero carcomido por el tiempo y el abandono. Las paredes estaban cubiertas de grafitis y manchas de óxido, y el suelo estaba lleno de escombros y cristales rotos. El silencio era sepulcral, interrumpido solo por el goteo constante de una tubería rota y el zumbido lejano de la ciudad. Junto a mí, yacía un cuerpo inerte, con la mirada fija en el techo y un charco de sangre oscura que se extendía a su alrededor. La visión me golpeó como un puñetazo en el estómago. ¿Acaso ellos lo mataron? ¿Y piensan hacer lo mismo conmigo? La idea me paralizó por un instante. Yo ni siquiera los conozco, tampoco recuerdo haber ofendido a nadie. ¿Cómo había terminado en esta pesadilla? Del otro lado de la habitación, un hombre se retorcía de dolor en el suelo, con las manos aferradas a su abdomen. Su rostro estaba pálido y cubierto de sudor, y su respiración era entrecortada y jadeante. La sangre brotaba a borbotones de una herida en su costado, tiñendo el suelo de un rojo intenso. Detrás de mí, sentí el frío metálico de un arma apuntando a mi cabeza. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de pies a cabeza. Era un joven con el rostro cubierto por un pasamontañas, de seguro un subordinado del que estaba en el piso. El hombre herido me miró con una intensidad que me heló la sangre. Sus ojos, oscuros y penetrantes, parecían leer mi alma. Con un gesto brusco, lanzó un botiquín de primeros auxilios a mis pies. El impacto resonó en el silencio de la fábrica. Su voz, ronca y débil, sonó como una sentencia en ese horrible lugar. —Sácale la bala de inmediato y si él muere, tú tampoco vivirás —ordenó con una frialdad que me dejó sin aliento. Maldición, ya había oído hablar de lo horrible que era la mafia en M City, pero sin dudas no esperé que me sorprendiera tan pronto. Yo llegué aquí buscando una vida pacífica y la tranquilidad que tanto necesito en este momento de mi vida. ¿Cómo fue que acabé aquí? ¿En qué momento mi vida se había desviado tanto del camino que había planeado? Observo todo a mi alrededor y no hay forma de escapar. Las ventanas estaban tapiadas y las puertas cerradas con candados. De seguro afuera hay más hombres armados, vigilando cada movimiento. Mi mirada va a la persona que está tendida frente a mí y de verdad se ve muy mal herido, aunque sea un mafioso sigue siendo un ser humano y en mi corazón eso basta para salvarle la vida. Al acercarme más a él puedo ver sus rasgos faciales, es muy guapo, cómo negarlo. Tiene el ceño fruncido por el dolor que siente y aun así no le quita lo bien que se ve. Su cabello es negro azabache con el largo perfecto, sin barba. Sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos, dejando entrever sus dientes blancos. Su cuerpo, a pesar de estar cubierto de sangre y suciedad, irradiaba una fuerza y un poderío que me resultaban inquietantes. ¿Por qué de repente mi corazón está latiendo de esa manera mientras lo observo? Peor aún, ¿acaso me volví loca por prestar atención a algo como esto en una situación de vida o muerte? Finjo una tranquilidad que claramente no tengo y con voz firme me dirijo al bastardo que no deja de apuntarme. —Está bien, voy a hacer mi mejor esfuerzo, pero mantente a 3 metros de distancia, necesito espacio para trabajar —exigí con una determinación que me sorprendió a mí misma. Lo veo dudar por un segundo, pero de inmediato se aleja de mí aunque su mirada sigue cada uno de mis movimientos atentamente. Sus ojos eran como dos agujeros negros, capaces de absorber toda la luz y la esperanza. Organizo todo lo que necesito y luego de colocarme el barbijo y la bata tomo el hisopo para comenzar a limpiar su herida, lo que no me esperaba era que este hombre reaccionara a mi cercanía tomándome por sorpresa, apretándome con fuerza el cuello acercándome lo suficiente para escuchar su gruesa voz en mi oído. Su aliento olía a sangre y sudor. —¿Quién eres? —Susurró con una voz que parecía surgir de las profundidades del infierno. Siento como mi respiración se corta y el miedo se apodera de cada rincón de mi cuerpo, pero me obligo a mantener la calma nuevamente. No podía permitir que me viera débil, vulnerable. Mi vida dependía de ello. —Me han traído aquí para salvarte... Pero si te sigues moviendo de esta forma morirás por la pérdida de sangre —respondí con voz temblorosa, pero firme. Su mirada es severa, pero parece entrar en razón. Aflojó su agarre, permitiéndome respirar con dificultad. —Si intentas hacer algo sucio te haré sufrir de maneras que nunca imaginaste que se podía —amenazó con una voz que me hizo temblar hasta los huesos. Decir que estaba intimidada por su aura era poco. Era como si estuviera frente a un león herido, peligroso y impredecible. Pero tenía que hacer que mis manos dejaran de temblar para poder ayudarlo y así también ayudarme a mí misma a salir de esta situación tan peligrosa. Pensé en todo lo que viví últimamente y cómo también todavía estaba en pie, si pude con eso obviamente podría con esto y con cualquier cosa porque ahora ya no era solo yo, ahora también tenía que ser fuerte por mi hijo. Él era mi razón para seguir luchando, mi escudo contra la desesperación. Respiro profundo y comienzo a examinar la herida. La bala estaba a 3 centímetros por debajo del pecho, en el abdomen lateral y esta llevaba adentro más de dos horas. Sin duda era una situación crítica. La sangre seguía fluyendo, empapando mi ropa y mis manos. Pongo en práctica toda mi experiencia profesional y logro extraerla con éxito y salvarle la vida. Jamás me sentí tan feliz por ayudar a alguien. Levanto la cabeza aliviada mientras me seco el sudor de mi frente. Mis manos temblaban incontrolablemente y mi corazón latía con fuerza desbocada. —Señor, la bala ya ha sido extraída y su vida no corre peligro. Ahora necesito que se incorpore lento para poder vendarlo —informé con voz débil, sintiendo que las fuerzas me abandonaban. Increíblemente este hombre sigue mis indicaciones sin decir nada, y al estar tan cerca puedo percibir el olor a tabaco, alcohol y pólvora mezclado a la perfección con su esencia varonil. Era una combinación embriagadora y peligrosa, como una droga que te atrae y te destruye al mismo tiempo. Es simplemente fascinante cómo todo puede formar una sola persona. También logro notar cómo sus ojos no dejaban de seguir cada uno de mis movimientos hasta que su voz grave me saca de mis pensamientos inapropiados rápidamente. —¿Eres local? No tienes el acento característico de aquí —preguntó con curiosidad, escrutando mi rostro con atención. Esa pregunta sí me tomó por sorpresa. No esperaba que se fijara en algo tan insignificante. —No, acabo de llegar —respondí con cautela, tratando de no revelar demasiado sobre mí. —¿De dónde vienes? ¿Cuánto tiempo llevas siendo médico? —Insistió con sus preguntas, sin apartar la mirada de mí. No entiendo el porqué de tantas preguntas de la nada, aunque estas parecen las típicas frases de coqueteo que suelen decir los tipos borrachos en un bar, cuando salen de su boca suenan más como un interrogatorio del que no puedo escapar. —¿Por qué le debería de responder? —Joder, que acabo de decirle al jefe de la mafia local. Pero para mi sorpresa no se veía furioso, sino más bien curioso por mi audacia. —¿Acaso no quieres volver a tu hogar luego de ver un lugar así? Solo responde esta última pregunta. ¿Estás casada? —Preguntó con una intensidad que me hizo temblar. Sin vacilar le respondo muy segura. —No hay ningún hombre en mi vida y tampoco tengo planes de que en el futuro lo haya. Veo cómo le hace una seña de manos y el otro hombre que no ha dejado de apuntarme prepara la venda. Por fin voy a poder salir de aquí. Como si el destino estuviera en mi contra mi celular comienza a sonar y no es otro que Gael. Intento colgar desesperada, pero ese hombre en un movimiento ágil me lo arrebata de entre las manos. —"Así que Gael"—. Dijo mientras se dibujaba una sonrisa juguetona en su rostro frío. Sin más veo cómo responde la llamada. —Ella está conmigo ahora, así que piérdete perdedor —dijo con una voz que destilaba veneno. La tensión se podía cortar con un cuchillo, del otro lado de la línea podía escuchar la respiración agitada de Gael y el rechinar de sus dientes. —¡Tú quien seas! No tienes derecho de seducir a mi esposa y mucho menos estar al lado de ella —gritó Gael con furia, dispuesto a defender lo que era suyo. El grito de Gael cortó el silencio abrumador, quiso seguir insistiendo, pero el hombre frente a mí le cortó sin decir nada más. Luego volteó en mi dirección con esa mirada tan posesiva y dominante que me ponía la piel de gallina como si de un depredador se tratara observando a su presa lista para ser devorada y con su voz firme y ligeramente burlona mientras se paraba para mirarme desde arriba dijo: —¿No que no había ningún hombre en tu vida? Nuestra pequeña doctora no está siendo honesta. Pero quién se creía este malagradecido, acabo de salvarle la vida y ahora se cree con derechos sobre mí. Comienzo a guardar todo sin mirarle a la cara. —Si quieres creerlo bien y si no también. Yo ya cumplí con mi parte del trato ahora te pido que me dejes ir —dije con una voz que apenas superaba un susurro. Él no me respondió, simplemente se dedicó a escribir su número en mi teléfono para hacer una llamada y luego entregármelo de regreso. "Leonardo". —Vete, pero ten en tu memoria que nos mantendremos en contacto —dijo con una sonrisa enigmática que me hizo temblar. Lo tomé como algo sin importancia, yo no tenía la intención de mantener más contacto con esta gente. Me paro lista para ser vendada otra vez y camino sin mirar atrás, voy a tomar esto como un mal sueño que nunca pasó. Pensé que ya no volvería a encontrarme con ese tal Leonardo, y que él también me olvidaría pronto. Pero lo que no sabía era que, después de que me fui, él acariciaba cuidadosamente la herida para ordenar a su asistente recopilar toda la información relacionada conmigo.






