La luz del atardecer convertía el vidrio de la oficina en espejo de cobre líquido.
Isadora firmaba el último documento de la pila que Elena había preparado cuando su teléfono vibró con un nombre que no esperaba volver a ver: Klaus Hoffmann.
No abrió el mensaje.
Lo borró sin leer.
Algunas puertas se cerraban para siempre porque mantenerlas abiertas significaba vivir en el pasado. Valentina había sido muchas cosas: espía, fugitiva, madre, sobreviviente. Pero la mujer que había muerto protegiéndol