La celda de detención preventiva olía a desinfectante barato y desesperación.
Camila Vega contemplaba las paredes grises con la mirada vacía de quien ha visto derrumbarse su mundo en cuestión de horas. El vestido rojo que había elegido para su noche triunfal ahora estaba arrugado y manchado, su maquillaje corrido formando ríos oscuros sobre sus mejillas. Las esposas habían dejado marcas rojas en sus muñecas perfectamente cuidadas.
—Tienes derecho a una llamada —dijo el guardia desde el otro lad