El silencio que siguió a los arrestos duró exactamente treinta y siete segundos.
Isadora los contó mientras observaba cómo los agentes escoltaban a Camila hacia la salida, sus gritos ahogados por el murmullo creciente de trescientos invitados que acababan de presenciar el espectáculo del año. Las cámaras de los teléfonos brillaban como luciérnagas en la penumbra del salón, inmortalizando cada segundo del derrumbe de Camila Vega.
—Esto no ha terminado —siseó Camila antes de que las puertas se ce