La jaula de oro y terciopelo
La llegada de Andrés Castellanos a la sala de juntas no tuvo la violencia explosiva de Ignacio, quien solía romper cosas cuando perdía el control, ni la teatralidad perfumada de Regina, que entraba a las habitaciones esperando aplausos; fue, por el contrario, una helada repentina, un descenso absoluto de la temperatura espiritual que mató todo el oxígeno en la habitación y dejó a los presentes conteniendo el aliento ante la presencia de un depredador que no necesitaba rugir para demostrar quién