El penthouse brillaba con la luz de cien velas estratégicamente colocadas.
Isadora entró del brazo de Dante, consciente de cada mirada que se posaba sobre ellos. Los inversores, los miembros de la junta, los socios estratégicos que habían apostado por Montemayor Holdings en sus momentos más oscuros: todos estaban ahí, copas de champán en mano, sonrisas expectantes en los labios.
Y en el centro de todo, orquestando cada detalle con la precisión de un director de orquesta, estaba Sebastián Herrer