El amanecer los encontró en la carretera federal, con quinientos kilómetros de asfalto por delante y un documento que podía cambiar el curso de la historia.
Isadora no había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, veía la firma de Sebastián Herrera al pie de aquel contrato maldito, sus trazos elegantes sellando la sentencia de muerte de sus padres. El hombre que le había entregado el collar de su madre, que había llorado junto a ella en el despacho mientras le explicaba la magnitud de su herenc