Ginebra, la mañana

La ropa no tenía nada de especial.

No había armaduras de alta costura diseñadas para intimidar. No había el corte agresivo de los trajes que Isadora usaba cuando entraba a los juzgados de instrucción en Madrid para destrozar a los abogados de Ferrán.

Era un pantalón oscuro de caída recta. Una blusa blanca de seda, de cuello cerrado y líneas limpias. Zapatos de tacón bajo, funcionales, pensados para caminar sobre mármol sin hacer un ruido excesivo.

Y el medallón.

Isadora se paró frente al espejo
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