Estaban en la tumba de Valentina, por primera vez sin nadie más.
Era un miércoles de noviembre. El cielo sobre la costa del Cantábrico estaba cargado de nubes grises y veloces, empujadas por un viento que traía el sabor del salitre y del frío atlántico.
Solo ellas tres.
Isadora. María. Sofía.
Sin maridos escoltando el perímetro. Sin hijos reclamando atención. Sin la inmensa red de seguridad legal y logística que las envolvía constantemente en Madrid. Habían dejado los teléfonos apagados en el c