El silencio de la sala de la ONU antes de que empezara a hablar tenía un peso físico.
Era un silencio forjado por la anticipación de doscientos diplomáticos, magistrados y jefes de estado. Doscientas personas acostumbradas a la retórica vacía, a las promesas institucionales y a los discursos medidos con micrómetro.
Isadora cruzó la inmensa alfombra azul circular hacia el estrado central.
El sonido de sus tacones bajos marcaba un ritmo de marcha implacable. No miró hacia abajo. No revisó notas p