El hijo de Marcos nació un domingo de mayo.
No hubo alertas de seguridad. No hubo pasillos de hospital vigilados por hombres de traje oscuro con auriculares en la oreja. Hubo, simplemente, el llanto agudo de un bebé recién nacido rompiendo la calma aséptica de la planta de maternidad.
Marcos hizo la llamada a las once de la mañana.
Isadora estaba en el jardín de su casa, trasplantando unos rosales. Sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su delantal. Se limpió la tierra de las manos con un