El lunes por la mañana, la diplomacia internacional fue reemplazada por la tiranía del reloj escolar.
Era la primera vez que Isadora llevaba a los niños al colegio desde su regreso de Ginebra. No había escoltas en coches blindados. No había cámaras de prensa esperándola en el camino de entrada. Solo el frío de noviembre en Madrid y el estrés táctico de llegar antes de que sonara la campana de las ocho y media.
La vida ordinaria volvió de inmediato, reclamando su espacio con la brutalidad habitu